Sir Alsen Bert

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Como los perros

In Borrador on 27 marzo 2009 at 01:25

Como los perros, siento necesidad de infinito…

No lo he dicho yo. No soy tan genial. ¿A qué no? No es mía la sentencia. Ni tuya, cabrón. Eres tan cabrón como yo. Nos creemos cabrones porque nos dejan. Somos cojonudos porque nos dejan. Sentimos necesidad de infinito. Tú también. Pero somos una conjunción adversativa con una erre más y en número plural: Perros. Lo somos, reconócelo. Hasta el absurdo. Ladramos, hagámoslo. Que te oiga Vivaldi y componga un concierto como el de La Caccia. Debes oírlo.

Lautréamont no quiso revelarse nunca. Hoy diríamos que Lautréamont era un nick. Un puto nick. Era conde. Yo soy Sir. Mi ascendientes llegan hasta Ponce de León, descubridor de la Fuente de la Eterna Juventud. Hilvano porque como los perros, siento necesidad de infinito, de eterna juventud.

Me ha llamado alma tímida. Niño. Isidoro Ducasse me ha llamado así cuando he comenzado Los Cantos de Maldoror.

¿Por qué menos que Kafka si eran los dos perros con necesidad de infinito?

SCHENCK. Ahora suena este perro. Que murió pero que se ha hecho infinito con su música. Los violines que suenan tocados por muchachas que han renovado la ropa interior antes del concierto, lo han hecho infinito.

Copy & Paste. Esto. Imprimo. Apago, catre, sueño, ladro.

Guau.

¿Tú sangras?

In Borrador on 19 marzo 2009 at 01:29

Sin saber por qué. No lo sé.

Hoy, en la calle, a la gente le ha dado por sangrar. No sé qué pasaba. Yo, caminaba y pensaba. Estaba triste y andaba cabizbajo. Últimamente estoy más triste de lo normal, yo, que soy pura vitalidad.

Hoy he saludado a muchos, como siempre. En la calle suelo a saludar a mucha gente porque conozco a mucha gente. Es un coñazo pero debes tanto a tantos que no te queda más opción que sonreír y saludar. Y muchas veces, detenerte para hablar. Así comenzaba todo, cuando me detenía a hablar.

Todos han sangrado. Ahora que lo recuerdo, sí, todos han sangrado. Era sangre, estoy seguro. Era roja. Sí, era roja. Vaya gilipollez. ¿Cómo va a ser la sangre, verde, gilipollas? Sí, Alsen, era roja.

La gente sangraba cuando me decían la verdad de sus vidas. La gente tiene vidas de verdad o vidas de mentira. Se vive más con vidas de verdad pero cuesta muchísimo alardear de llevar una vida de verdad. Una vida de verdad es una vida guante. Otro día lo explico.

No entendía nada y no era un sueño. Ellos sangraban. Nadie lo hacía por la nariz. Antonio, por el oído, Natalia por la vagina o eso he intuido cuando he descubierto el hilo de sangre que bajaba por la parte interna del muslo derecho. Carmina sangraba por las uñas de los pulgares de la mano; a Jimena le sangraban las puntas del cabello; claro, como las tenía tan abiertas, eso ha facilitado el borboteo de sangre en minúsculas gotitas de sangre. Qué naif. Encima, se ha sonrojado porque eso me indicaba que llevaba dos semanas y dos días sin ir a la peluquería. Más le sangraban.

La gente sangraba. No sé qué mas decir. Quiero contarlo así. Hoy, mientras caminaba por cuatro calles de mi ciudad, me he ido encontrando a gente con la que me he parado a saludarles y ha sido en ese preciso momento cuando se han puesto a sangrar. Han empezado a hablar y han comenzado a sangrar.

Ya está. Esto no es ni un relato ni un microrrelato. Esto es una vivencia. Tampoco es un sueño aunque muchos quieran creer que sí, que era un sueño. Si yo digo que no ha sido un sueño, no ha sido un sueño, joder.

Antonio, que rimaba con coño ha sangrado. Natalia que rima con falda –en asonante- ha sangrado. Carmina que lo hacía con su amiga, también ha sangrado. Jimena que rima con nena –ahora en consonante- también ha sangrado.

Yo he pensado en la Semana Santa, que está al caer. Pero no, no lo creo. Yo creo que la gente ha empezado a decirse verdades a la cara y eso hace sangrar. Seas quien seas. Haced la prueba. Sangra, pero no te desangres.

De la jaca jaquetona

In Borrador on 8 febrero 2009 at 18:16

Si hay que encontrar un conflicto se busca, Cecilio, se busca sin problemas. ¿Qué cuesta hoy toparse con un conflicto? Pero antes de meternos en la arena, caballero, antes de emprender tan ardua tarea necesito que desentrañes este escrito que me ha llegado hoy por correo certificado. No termino de encontrarle sentido, de hacerme con él, parece caballo salvaje y necesito otro vaquero para domarlo, o domarla, ¿quién sabe? quizás sea hasta de la jaca jaquetona.

 

Mira, te leo:

Pon tu cuerpo a la sombra hasta que se enfríe y te muestre la primera arruga fruto de la contracción del cuerpo. Los postmodernos hubiesen escrito la no-dilatación; orgásmica o no. Al llegar a la sombra me avisas. Me acercaré para que silbes cerca de mi oído y así yo pueda hacer llegar mis sentimientos hasta las entrañas de tu entendimiento. Amasaré tus palabras y tomaré prestado un logaritmo, no, mejor una integral, previa derivada sentimental para acabar acariciándote, despeinándote, asustándote cuando el roce de mi cuerpo con el tuyo desemboque en un giro inesperado. Será entonces cuando mi mano y sus dedos, dos de ellos se introducirán dentro de ti y provocarán que mis rasgados ojos no vean en ti sino una continuación propia, mía, exclusiva. Se detendrá tu corazón en el mismo sincope que el mío y comenzará una fusión de mentes, cuerpos y corazones. Pero, ¿y si se nos funden los plomos, María? Inclínate entonces, inclina tu espíritu hasta provocar su huída; estás dentro, muy dentro de mí y estás firme, segura. Otro espacio, distinto al de hace media hora, otro azul más etéreo si cabe que el mismos azul del cielo conformarán la prueba de que para abrir una puerta hace falta girar un picaporte, nena. Hay un gato en la habitación, ¡que no se escape!, joder, que nos quedamos sin reino y sin marqués de Carabás.

Borrador no literario

In Borrador on 8 febrero 2009 at 01:01

Había trabajado durante tres años en el departamento de Cuentagotas. La empresa había quebrado por la sequía. Más que por la sequía, que es algo relacionado con la lluvia, por el excesivo consumo que los habitantes de la ciudad hacían del agua. Había accedido al departamento mediante una prueba práctica. Aquello ocurrió hace tres años y medio cuando en paro, buscó y rebuscó por todos los polígonos industriales de la ciudad un trabajo que le permitiera seguir con su actividad favorita: la lectura de libros de forma inversa y diagonal,  desde la última página a la primera, y desde la esquina inferior derecha a la esquina superior izquierda.

 

Mientras estuvo contando gotas, leía. Contar gotas era un trabajo tranquilo y gracias a esa quietud, sólo rota cuando la gota caía al recipiente de color azul marino que debía llevar al finalizar la jornada a su superior, anotaba en su cuaderno de contar gotas, eso primero y después seguía leyendo. El gasto de bolígrafo se restringía a una equis por gota oída. Había días que sólo contaba cinco gotas en ocho horas. Otros no, otros días el goteo era tan frecuente que cambiaba el recipiente azul unas tres o cuatro veces. No era un recipiente muy voluminoso pero sí suficiente para albergar miles de gotas. En el departamento había recipientes de hasta cinco litros. Pero era infrecuente usarlos. Los operarios que contaban gotas calibraban, recién comenzado su turno, qué recipiente debían usar primero gracias a una minuciosa contabilidad del tiempo y de las gotas que caían por ejemplo, en cinco minutos. Nuestro trabajador no tiene nombre. El nombre es un detalle insignificante para el relato. Se podía llamar Alberto como Aguo. El nombre de Aguo es un nombre inexistente en la normalidad de la vida que las gentes de las ciudades tienen. Pero en el ámbito rural, este tipo de nombres son frecuentes. Podía ahora narrar qué nombres a lo largo de mi vida me han resultado raros, muy raros. Todos provenían del campo, del pueblo pequeño, de la villa escondida entre unas sierras afiladas y llenas de nubes durante todo el año.

 

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